Obsesión
Te busqué como el girasol busca el
sol
en un día nublado.
Te busqué como un cazador busca
a su presa. Hostigador y hostigado.
Te busqué como una jaula en busca
de un pájaro en libertad
[para entre sus hierros apresarlo.
Te busqué en
cada pared de mi mente,
en cada oscuro
escondite de mi alma.
Un día te
encontré
pero ya no
estabas ahí, no eras tú,
así que perdí la
calma.
Te quería mía y
solo para mí;
una vez dije ser
tu soldado,
terminé siendo
un soldado de la nada.
Y en este nuevo año, el 2018, publicamos el cuento "Dinosaurio" de Florencia Pizarro Jantus, alumna de sede Centro, quien se inspiró en el microrrelato "El dinosaurio" de Augusto Monterroso.
Dinosaurio
Mateo
no quería dormirse, no podía dormirse. Luchó con todas sus fuerzas por mantenerse
despierto; se frotó los ojos, se tiró del pelo, se bajó de la cama y hasta se
pellizcó. Pero no hubo caso, después de un rato, el sueño lo venció y se quedó dormido
en el piso.
Cuando despertó, seguía siendo de noche y el dinosaurio todavía estaba ahí, lo miraba
ausente e inexpresivo, sin hacer nada. El chico se enderezó de golpe, queriendo
no mostrarse débil. ¡Tonto,
dinosaurio! ¡Malo! Quería
gritarle de todo e insultarlo,
pero si lo hacía muy fuerte, su mamá iba a escuchar y lo iba a retar por estar
despierto. Es que no podía dormir, no con esa bestia
cruel y egoísta mirándolo desde
la biblioteca.
Mateo había
estado todo el día en lo de sus primos.
Cuando jugaban a las escondidas
y a él le tocaba buscar, encontró debajo del sillón a Remi, el dinosaurio. De
un instante a otro, cualquier juego dejó de
ser importante, ese dinosaurio era todo
lo que necesitaba. En seguida, fue a refugiarse debajo de la mesa de la cocina y,
olvidándose del resto, se acostó en el piso mirando a Remi de frente. Pasaron unos
segundos en silencio, solo se oían los latidos del corazón de Mateo que le recordaban
al galope de un caballo.
-¿Y? ¿Vas a rugir o no?- le preguntó
ansioso. El juguete le respondió con más silencio
y una mirada inexpresiva. Entonces, el chico apoyó la
punta de su dedo índice en la nariz del dinosaurio.
-Remi, quiero escuchar cómo rugís, sos un dinosaurio ¿Por qué no rugís?
-Remi, quiero escuchar cómo rugís, sos un dinosaurio ¿Por qué no rugís?
-Porque es un juguete.
Mateo se dio vuelta y vio a Lucas, su
primo mayor, parado bajo el marco de la puerta.
Sabía que la expresión con la que lo estaba mirando era la que usaba cuando
pensaba que algo era tonto, pero Mateo no era tonto. Ya sabía que era un juguete,
e igual quería que rugiera. Para que su primo no le
dijera nada ni se burlara de él, agarró el dinosaurio, corrió al jardín donde estaba su mochila y
lo guardó dentro
de esta. Pensó que cuando estuviese en su casa, hablaría bien con Remi y lo escucharía rugir.
Más tarde, en su habitación,
repitió la escena con el dinosaurio y volvió a decepcionarse,
no entendía porqué
Remi no quería rugir. Cuando se lo comentó a su
mamá, ella le propuso que él hiciera el sonido del rugido como si fuera el juguete, pero
Mateo quería que Remi rugiera como un dinosaurio de
verdad, no como un dinosaurio
de juguete. Así que, furioso, lo dejó con fuerza sobre la biblioteca y se subió a la cama de un salto.
No podía dormirse
de nuevo, no iba a dormirse de nuevo. Sentía
demasiado enojo,
tanto que no debería caber en un cuerpo tan
chiquito. ¡Dinosaurio malo! ¡Dinosaurio tonto! ¿Por qué no rugís? ¡¿Por qué no rugís?!
-¡¿POR
QUÉ NO RUGÍS?!-
estaba tan encolerizado que, sin querer, gritó más fuerte
que nunca. Enseguida, se tapó la boca con las dos
manitos. El enojo que él había sentido no iba a ser nada comparado con el que iba a ver en su mamá cuando
entrara por la puerta. Mateo escuchó
unas enérgicas pisadas acercándose, pero
antes de que la madre pudiera decir nada, exclamó:
-¡Perdón, mamá! Es que Remi no quería rugir y me enojé mucho...
Ella, enternecida, no pudo evitar sonreír y agarró el juguete de sobre la
biblioteca.
-Entonces- dijo simulando firmeza -me
parece que hay alguien que tiene que ir en penitencia.
Guardó el
juguete en el bolsillo de su bata, metió a
su hijo en la cama, lo besó en la
frente y salió de la habitación. A los pocos minutos, satisfecho por saber que el dinosaurio
había obtenido
lo que merecía, Mateo se
pudo dormir.
Aquí va otro cuento. Esta vez se trata de "Cuenta regresiva" de Martina Saragusti, estudiante de sede Centro, que se inspiró en el microrrelato "Amor 77" de Julio Cortázar.
Cuenta
regresiva
Sábado.
22:35 p.m. La libertad y la ausencia del deber, sin siquiera raspar la
redundancia, resultan ser la combinación perfecta. Las agallas para aprender a
estimarla no cualquiera las tiene, entre tanta humanidad mundana y en un mundo
exorbitantemente limitado y reprimido a nivel emocional. Pero la pareja de
amantes, que en ese momento cruza el parque, goza de aquella libertad paradisíaca
que, tomados de la mano, respaldan en la garantía y seguridad del despertar al
día siguiente lado a lado. Ambos saben con certeza, y ponen la mano en el fuego
por ello, que no existe un solo contratiempo que pueda arruinar tan impecable
velada. El hombre la mira a los ojos, a ella, que tan entorpecido lo tiene, y
simplemente sonríe.
Viernes.
18:03 p.m. Entre la bruma de la rutina y la monotonía diaria, uno
frecuentemente olvida los placeres que aguardan una vez llegados los días de
descanso. La mujer libera su pelo del rodete tenso (el cual mantuvo en suma
prolijidad y pulcritud durante toda la jornada laboral) en el mismo instante en
que pone un pie fuera de su edificio de trabajo. Sus extremidades imploran un
descanso de tanto ajetreo; sin embargo ella decide hacer caso omiso del
reclamo, ya que nada puede opacar la urgencia de verse con su amado. No es
todos los días que un prisionero obtiene el permiso de acceder a sus visitas.
Jueves.
20:04 p.m. La sonrisa y la sensación de alivio comienzan a abrirse paso entre
sus órganos con una fuerza que va cobrando poder a cada empujón. El ruido de
una lata de cerveza abriéndose, la marca de su cuerpo tatuada en el sillón, el
noticiero mudo de fondo; todos ellos, pequeños indicios del ocio cercano. El
hombre se ve reflejado en el espejo sucio, fija la mirada en sus propios ojos,
y el mensaje se transmite por sí solo, sin necesidad de un esfuerzo mínimo. Falta
poco.
Miércoles.
15:43 p.m. Mitad de semana. El reloj se acelera. Ellos se alegran.
Martes.
9:21 a.m. Ya no quedan restos del espíritu jovial que se adueña de su alma cada
fin de semana. La libertad y la ausencia del deber antes mencionados se hunden
en los huecos más recónditos de su organismo, y tratan de aferrarse a lo que
sea que esté dispuesto a sujetarlas. Ella cierra los ojos, resignada. Sin
percatarse, ya lo olvidó.
Lunes.
14:01 p.m. Estira el cuello de su camisa ajustada, intentando desesperadamente
atrapar una bocanada de aire que llene sus pulmones. La oficina, su jefe, sus
compañeros, todo es sofocante. No obstante, la prisa y la desesperación por
captar un atisbo diminuto de su otra vida son aun más opresoras. Ya es tarde.
No hay vuelta atrás.
Domingo.
23.58 p.m. Y después de hacer todo lo que hacen (las locuras placenteras, los
paseos, las veladas), se desvisten, se bañan, se duermen, y así
progresivamente, van volviendo a ser lo que no son. Desconocidos.
Kyara Mendl, alumna de la comisión de los martes de sede Centro, se inspiró en el microrrelato "El destino" de Franz Kafka para escribir el siguiente cuento:
Ramas de carne y hueso
Una jaula salió
en busca de un pájaro.
“El Destino”,
Franz Kafka
Es
como caminar en un bosque: escurrirse entre los dos primeros árboles a la vista
con la idea de un mero paseo; pisar con confianza el suelo cubierto de tierra; sonreírle
al sol arriba, entre las ramas, que parece iluminar el camino hacia adelante.
La paz reina en la jungla en la que uno se encuentra envuelto, y avanzando con
pasos seguros de sí mismos, se respira aire más puro; la calidez de las ramas
alrededor son abrazos que impulsan para continuar moviéndose hacia adelante,
nunca hacia atrás.
La
ciudad que queda a nuestras espaldas llama nuestro nombre; pero es ya casi
inaudible ante lo inmerso que uno se encuentra entre los troncos y bajo las
hojas.
Pronto,
nuestros zapatos se ensucian y una nube oscurece el sol. Un helado escalofrío
recorre nuestro cuerpo, pero lo resistimos, sabiendo que tarde o temprano la
nube dará paso a los cálidos rayos del sol nuevamente. Y eso mismo sucede, una
y otra vez.
Sin
embargo, los brazos de los árboles ya no dan abrazos, sino que rasguñan
agresivamente nuestros hombros, nuestras piernas. Aparece el cansancio y el sol
comienza a bajar, lo que hace que las ganas de volver a casa aumenten. Pero,
¿por dónde entramos?
Mirar
hacia atrás es inútil: de lo espeso que es el bosque, ya no sabemos cuál es el
camino hacia adelante y cuál el de retorno a la ciudad. El escape de los edificios y calles de
cemento, que una vez había sido la selva, rápidamente se volvió un lugar
siniestro que nos ha atrapado.
Los
árboles parecen infinitos y no hay salida alguna, por más que corramos en
cualquier dirección. El bosque nos ha capturado; las heridas en nuestras
extremidades y la fatiga mental dan paso a la pérdida de esperanza.
Como
un agresor a su presa, como una jaula a un pájaro, el grueso y vil árbol nos ha
rodeado con sus brazos de carne y hueso, y se hunde con nosotros hacia el piso;
mientras jura que no volverá a suceder, repite interminables disculpas y
promesas que nuestro ojo morado y agraviado desearía poder creer. La relación
que una vez abrió sus puertas para contenernos, el día de hoy es la que peor
nos trata.
Las
lágrimas que caen por nuestras mejillas son de vergüenza por haber vuelto a
caer en su trampa. Tomamos la mano que nos extienden y caminamos a la cama sin
decir una palabra, dejándonos abrazar por el ser que más amamos y al que más
odiamos.
El siguiente cuento se titula "Perdidos" y es de Pablo Vázquez, estudiante de sede Centro.
Perdidos
Cuando
salieron a investigar lo que sería su nuevo hogar, no tuvieron en cuenta la
hora… Caminaron y caminaron… y se desorientaron. Empezaba a oscurecer y no
tenían idea de cómo regresar. Nadie quería reconocerlo, pero los tres hermanos
comenzaron a sentirse inquietos. El menor les recordó que su madre les había
recomendado no alejarse demasiado de ellos, pero la emoción de estar en un
sitio desconocido los llevó a perder la noción del tiempo y el lugar. El hecho
es que estaban perdidos, estaba anocheciendo y tenían hambre. Los ruidos del
bosque los asustaban. Ruidos naturales del lugar, ramas secas que caían, aves
nocturnas que cantaban, animales pequeños que se movían, todo, junto con la
niebla que iba cubriendo el lugar, era motivo suficiente para que los pequeños
pasaran de estar atemorizados a sentir verdadero miedo. El mayor de los
hermanos, sintiéndose responsable de los más chicos, dijo que debían buscar
ayuda, que no podían quedarse expuestos a los riesgos de estar en ese lugar
solitario y desconocido.
La
luna salió por un rato, pero unas nubes
rebeldes la taparon y el bosque se volvìó cada vez más tenebroso. El hermano
del medio se quejaba de cansancio y de hambre, ya no quería caminar, pero los
otros dos lo obligaron a seguir. Andaban en silencio, cuando oyeron a lo lejos
una música; alguien estaba tocando una guitarra y algunos cantaban.
Se
apuraron y casi corrían por llegar al lugar de donde provenían los ruidos,
signos de que la ayuda estaba al alcance de su mano. Podrían volver con sus
padres, ya se sentían más animados.
El
viento los había engañado, la gente no estaba tan cerca, pero igualmente no
cedieron al hambre, al cansancio ni al miedo: continuaron hasta llegar al
campamento de esos chicos.
Su
instinto de supervivencia los hizo esconderse para observar si esas personas
eran amigables, si podrían ayudarlos. Luego de un rato de dudar, decidieron
mostrarse y pedir ayuda; necesitaban comer y volver con su familia.
Cuando
salieron de su escondite y se acercaron a los acampantes, no entendieron la
reacción de ellos. Se levantaron de sus lugares gritando aterrorizados y
buscaron palos o cuchillos con actitud de terror y a la defensiva. Los hermanos
intentaron explicarles que solo querían ayuda, pero al hacerlo solamente lograron asustar más a los jóvenes.
Se acercaron a ellos, pero sus movimientos provocaron la huida; se refugiaron
en la carpa gritando sin parar.
Los
perdidos se dieron por vencidos y, comprendiendo que no obtendrían lo que necesitaban,
se alejaron del lugar desesperados, tristes y sin entender por qué los humanos
se asustaban de ellos, unos inofensivos osos extraviados. En su retirada
concluyeron que no era tan emocionante la aventura de conocer ese bosque, sobre
todo teniendo en cuenta que en el circo donde habían nacido y del que habían
huido, no tenían necesidad de buscar su alimento, no se alejaban tanto de sus
padres y las personas no huían de ellos. Al contrario de lo que pensaban sus
mayores sobre la felicidad de vivir en la libertad del bosque, creían que no
sería sencilla su vida allí.
A partir del microrrelato Amor 77 de Julio Cortázar, Santiago José Álvarez, alumno de sede Centro, escribió este otro microrrelato:
A partir del microrrelato Amor 77 de Julio Cortázar, Santiago José Álvarez, alumno de sede Centro, escribió este otro microrrelato:
Desamor 77
Y como todos las noches, lo mismo: su marido regresa bañado, limpio, prolijo, pero perfumado con un olor ajeno y fingiendo ser lo que alguna vez fue.
Inspirándose en la imagen de un reloj despertador, Joaquín Borga, estudiante de sede Olivos, creó este microcuento:
Reencarnación
Aquí agregamos otros dos cuentos de estudiantes de sede Olivos:
Inspirándose en la imagen de un reloj despertador, Joaquín Borga, estudiante de sede Olivos, creó este microcuento:
Reencarnación
El despertador sonaba cada noche a las tres de la mañana, sin configuración alguna. Él, molesto por el ruido y el error del
reloj, lo apagaba bruscamente. Lo que no sabía era que, cada vez que se
levantaba a hacerlo, alguien tomaba su lugar en la cama.
Aquí agregamos otros dos cuentos de estudiantes de sede Olivos:
- "Y de repente se hizo tarde", de Pilar Rodríguez Romero, quien se ha inspirado en la imagen de un reloj.
- "Preso de la soledad" de Benito Este, quien tomó como punto de partida el microrrelato de Juan José Arreola "Cuento de horror" y que, además, se inspiró en el poema de Borges "1964", reformulando algunos de sus versos.
Y de repente, se hizo tarde
de Pilar Rodríguez Romero
Lo primero que hago al levantarme es mirar ese pequeño reloj que reposa sobre mi mesa de luz, que marca las once y cuarto. En ese momento, me doy cuenta de que estoy retrasada, me desvisto, entro a la ducha y trato de bajar la taquicardia que me genera el llegar tarde a un lugar.
Una vez preparada para salir, me dirijo a la puerta principal. Curiosamente, esta puerta está cerrada y me desespero porque no encuentro la llave ni tampoco una cerradura. Grito y pataleo. Intento calmarme pero no puedo. La ira se apodera de mi cuerpo y pierdo el control del mismo.
Me levanto en la cama, miro el reloj que reposa sobre mi mesa de luz, que marca las once y cuarto. Me doy cuenta de que se me hace tarde, me alisto y cuando estoy por abrir la puerta me doy cuenta de que está cerrada. No encuentro la llave y tampoco la cerradura. Esta situación me inquieta, pero a la vez me resulta familiar. Me empiezo a preocupar, me angustio y me desespero. Entonces, pierdo el total control del cuerpo.
De mañana, cuando me levanto, se me dificulta pararme. El cuerpo lo siento pesado y no recuerdo qué es lo que hice la noche anterior. Lo único que recuerdo es que hay algo en mí que no anda bien. Al abrir los ojos, veo un reloj que marca las once y cuarto. En ese instante me doy cuenta de que se me hace tarde, pero mi cuerpo no reacciona. No responde a mi necesidad de prepararme para salir.
Ahí, sin poder moverme, empiezo a llorar. Lloro porque me duele el pecho y lloro porque no puedo levantarme.
Entonces, intento calmarme y miro nuevamente el reloj. Son las once y cuarto, sigo sin poder levantarme, pero ya no me desespero. Empiezo a mirar mi cuarto y todo parece normal, en su lugar. Intento levantarme, pero sigo sin poder mover mi cuerpo.
Tocan a la puerta y entra una señorita vestida de blanco. Me saluda muy cariñosamente, por lo que me da a entender que la conozco. Pero no la recuerdo. Muy amablemente, me ayuda a sentarme en la cama y me acomoda las almohadas. Antes de irse me dice que me vinieron a visitar.
Esperando a mis visitas, miro el reloj e intento comprender quién podría visitarme a las once y cuarto de la mañana. Tocan la puerta y entra una señora que, al verla, sé que la conozco. Me resulta extraño porque la saludo con mucho amor, pero no sé su nombre. Esta mujer me cuenta cómo fue su día y quiero escucharla, pero no puedo. Amablemente la saludo y le explico que ya es tarde, son las once y cuarto.
Preso de la soledad
de Benito Este
La mujer que amé se ha convertido en fantasma. Yo soy el lugar de las apariciones. Según el calendario, ha pasado tan solo una semana desde que nos vimos por última vez. Me cuesta creer que hace solo siete días lo tenía todo y ahora solo me quedan recuerdos. Los días resultan interminables. Sé que la vida es corta, pero las horas se hacen tan largas desde que se fue…
Ya no es mágico el mundo. Lamentablemente (se me hace imposible dejar de lamentarlo) el adiós fue definitivo. Lo veo en todas partes. Antes veía en la luna algo maravilloso, capaz de brillar en medio de tanta oscuridad y cuya belleza justificaba todo sufrimiento. Igual que ella. Pero desde que se ha ido, en mi vida no hay más que tristeza. Y la luna se ha convertido en un reflejo del pasado, en un cristal de soledad. Su ausencia está presente en cada lugar al que voy. Me acompaña, me rodea y me atrapa.
Esa es la magia del amor, ese sentimiento que resulta inexplicable para quien tiene la dicha de comprenderlo, e imposible de entender para quien no lo ha sentido, y que es capaz de llevarnos de la más triste de las tristezas a la más profunda felicidad, y viceversa. Todo en tan solo unos instantes. Antes de ella, los días resultaban siempre insatisfactorios. Cometía el error de refugiarme en cosas carentes de sustancia. Con ella, todo cambió. Encontré eso que siempre había buscado: no el ser amado, sino el amar y ser aceptado. Pero se fue. Y lo que antes era todo, ahora es nada.
Me hablaron de “seguir adelante”. ¿Para qué? Si ya no queda nada más que un pasado cargado de nostalgia, un presente cargado de agonía y un futuro que, creo, estará cargado de todo menos de sentido. No creo merecer esto. Ni al peor de mis enemigos le desearía que alguna vez sienta algo parecido. Pero sé que soy culpable. Culpable de haberme convencido de que el amor sería eterno, cuando en el fondo siempre supe que todo lo que tiene un principio debe necesariamente tener un fin. Culpable de haberme hecho adicto a esa droga que es el amor. Culpable de no haber hecho lo que había que hacer para no llegar a esto.
Como todo culpable, debo pagar por mis culpas. Mis padres me han dado la vida, y yo me la quitaré. Es probable que me espere una eternidad en el olvido y en la oscuridad. También imagino que se me acusará de cobarde. Y no le faltará razón a los acusadores. Pero prefiero ponerle fin a este sufrimiento. Quien lo haya sentido me entenderá.
Los dos cuentos siguientes pertenecen a Macarena Bottiggi, que cursa el taller en sede Centro en 2019. Ella decidió no ponerles título e identificarlos mencionando el microrrelato que tomó como base en cada caso.
Continuación del
microrrelato: “Amor 77” de Julio Cortázar
Y después de hacer todo lo que hacen, se levantan, se bañan, se entalcan,
se perfuman, se visten y, así progresivamente, van volviendo a ser lo que no
son.
Ella regresa a su casa, justo para la hora de cenar; su padre llegó apenas unos minutos antes y ya esta dándose un
buen baño, su madre está terminando de preparar la comida. Nada fuera de lo
habitual, todo sigue su curso, como siempre, sin correrse un instante de la
rutina.
Él llega con el tiempo justo a la puerta de la facultad para recoger a su
hija, Elisa. Luego va a casa, se saca los zapatos, se pone las pantuflas
marrones, se saca la corbata y se dirige al comedor para cenar. Le da un beso
en la mejilla a su esposa, y ahí empieza el reproche de todos los días: que
llega siempre tarde, que nunca ayuda con la cena. Mientras por dentro tararea
su canción favorita, esa que le recuerda que mañana volverá a tener un instante
para ser verdaderamente feliz.
Cuento escrito a
partir del microrrelato: “EL dinosaurio”
de Augusto Monterroso
Augusto estaba preparado, había llegado el día, ya no podía hacerse
esperar. Su madre lo iba a descubrir y eso sería peor, debía contarle la
verdad. Respiró profundo, estiró los brazos, se puso las zapatillas y bajó
apresurado para desayunar. Era el momento de la verdad. Ella lo abrazó fuerte y
le sirvió chocolatada, la mejor manera de arrancar el día. Cuando todos ya
estaban sentados a la mesa, él volvió a respirar profundo, la miró y le dijo: “Mamá,
tengo que decirte algo… hace un año vive en el altillo un dinosaurio, lo juro;
es un dinosaurio de verdad, no sabía cómo contártelo”. Antonia, atónita, sin
saber qué responder, lo abrazó bien fuerte. En su interior tenía muchas ganas
de llorar, era verdad lo que decían, su hijo imaginaba cosas y eso era tan
irracional que la afectaba. Entonces, decidió explicarle que debía llevarse al dinosaurio
lejos, a otro lugar, a donde pudiese encontrarse con otros de su especie, correr
y ser libre. El niño percibió que su madre no le creía, pero, tranquilo, tomó
su mochila y como todos los días fue a la escuela. Al volver, bebió una
chocolatada caliente, subió al altillo, se sentó en una silla mecedora que había
pertenecido a su abuela, leyó un libro y se quedó dormido. Cuando despertó, el
dinosaurio todavía estaba allí.
Empezamos el año 2020 y ya podemos presentar dos textos de estudiantes de sede Olivos: el cuento "Fantasma que busca brillar" de Josefina Pinto y el microrrelato de Pedro Tellini "La maldita costumbre".
Empezamos el año 2020 y ya podemos presentar dos textos de estudiantes de sede Olivos: el cuento "Fantasma que busca brillar" de Josefina Pinto y el microrrelato de Pedro Tellini "La maldita costumbre".
Fantasma que busca
brillar
(inspirado en "Cuento de horror" de Juan José Arreola)
La
mujer que amé se ha convertido en un fantasma. Yo soy el lugar de las
apariciones. La observo en público y no es la misma, no es la misma mujer que
conozco y escucho, ahora se encuentra callada, como si nuestros cinco años de
matrimonio la hubieran consumido; ya no ríe, no habla con sus amigas,
simplemente se sienta a observar, ni siquiera a escuchar, porque lo veo en sus
ojos, está pensando, está pensando si casarse conmigo fue un error o se está
replanteando si es feliz.
La
gente la mira y se da cuenta de que no es la misma, cambió o simplemente se
escondió para ella misma, su mirada está perdida y se nota. Trato de sacarle
conversación mientras la gente la observa, pero no obtengo más que una sonrisa,
una de esas sonrisas bien forzadas que cualquiera notaría. Le trato de agarrar
la mano, pero ella la corre, es imposible; parece una fantasma, uno de esos
fantasmas que tienen vida, pero no notarías la diferencia si no la tuvieran. Me
siento mal por pensar en eso, pero sé que no es la misma.
Cuando
nos alejamos y nos encontramos a solas, al final del día, por la noche, en
nuestro cuarto, simplemente en la soledad, ríe y habla y canta, pero cuando
nadie la observa, con la luz bien apagada, vuelve a ser ella, un fantasma que
brilla en la oscuridad, un fantasma que intenta volver a la vida. A veces
pensaría que el matrimonio la volvió loca, ¿quién reiría cuando el silencio
abunda? Solamente ella, no me queda otra opción que acostarme, escucharla y
pensar que perdí a mi mujer, pero a veces la encuentro y soy el único
afortunado que la puede ver brillar, donde no hay luz.
LA MALDITA COSTUMBRE (inspirado en "Vendo zapatos" de Hemingway)
“Avisanos cuando llegues”, le dijeron sus amigas. Esta vez el mensaje
nunca llegó.