1-
Completen:
Tiempo
cero presente
a) Al presentar su libro, el autor
………………………… (agradecer) la colaboración de algunos profesores que le
………………………..(brindar) material para su obra. El laureado historiador…………………….
(aclarar) además que en el futuro ………………………..(continuar) con sus
investigaciones, para lo cual ……………………..(volver) a recurrir a quienes lo
……………………………. (ayudar) en la redacción del texto que hoy ……………………….. (presentar)
al público.
Tiempo cero pasado
b) Al presentar su libro, el autor …………………………
(agradecer) la colaboración de algunos profesores que le ………………………..(brindar)
material para su obra. El laureado historiador……………………. (aclarar) además que en
el futuro ………………………..(continuar) con sus investigaciones, para lo cual
……………………..(volver) a recurrir a quienes lo ……………………………. (ayudar) en la
redacción del texto que ese día ……………………….. (presentar) al público.
2-
Sabiendo que
el siguiente microrrelato está narrado en tiempo cero pasado, señalen y
corrijan los errores en los tiempos verbales que no sean correctos.
Cuento de arena de Jairo Aníbal Niño
Un día la ciudad desapareció. De cara al
desierto y con los pies hundidos en la arena, todos comprenden que durante
treinta largos años estuvieron viviendo en un espejismo.
¿Podría este
párrafo continuar el cuento?
Recordaron aquellos días en los que habían
llegado los visitantes. Se presentaron como los salvadores y compartieron su
aparente sabiduría y sus riquezas. Pero pasado el tiempo, todo resulta ser una
mentira. Había que seguir adelante; por eso el líder de la comunidad les pidió
a todos que dejen de llorar.
3-
a)En los
siguientes fragmentos, analicen las figuras retóricas subrayadas:
Ciego
a las culpas, el destino puede ser despiadado con las mínimas
distracciones. Dahlmann había conseguido, esa tarde, un ejemplar descabalado de
las “Mil y una Noches” de Weil; ávido de examinar ese hallazgo, no esperó que
bajara el ascensor y subió con apuro las escaleras. Algo en la oscuridad le
rozó la frente, ¿un murciélago, un pájaro? En la cara de la mujer que le abrió
la puerta vio grabado el horror, y la mano que se pasó por la frente salió roja
de sangre.(...)
En
una mesa comían y bebían ruidosamente unos muchachones, en los que
Dahlmann, al principio, no se fijó. En el suelo, apoyado en el mostrador, se
acurrucaba, inmóvil como una cosa, un hombre muy viejo. Los
muchos años lo habían reducido y pulido como las aguas a una piedra o las
generaciones de los hombres a una sentencia. Era oscuro, chico y reseco, y
estaba como fuera del tiempo, en una eternidad.(...)
Dahlmann
se acomodó junto a la ventana. La oscuridad fue quedándose con el campo,
pero su olor y sus rumores aún le llegaban entre los barrotes de hierro.
El patrón le trajo sardinas y después carne asada. Dahlmann las empujó con unos
vasos de vino tinto. Ocioso, paladeaba el áspero sabor y dejaba errar la
mirada por el local, ya un poco soñolienta.(...) Dahlmann, de pronto, sintió un
leve roce en la cara. Junto al vaso ordinario de vidrio turbio,
sobre una de las rayas del mantel, había una bolita de miga. Eso era todo, pero
alguien se la había tirado.(...)
(Borges, Jorge Luis, “El Sur”)
b) Inventen figuras retóricas
referidas a:
- el destino
- un hombre viejo
- la oscuridad
- un sabor
4-Lean el
cuento “A la deriva” de Horacio Quiroga y rastreen los segmentos descriptivos.
¿Qué se describe? ¿Mediante qué recursos? ¿Con qué propósito?
A
la deriva
de Horacio Quiroga
El hombre pisó algo blancuzco, y en seguida
sintió la mordedura en el pie. Saltó adelante, y al volverse con un juramento
vio una yararacusú que, arrollada sobre sí misma, esperaba otro ataque.
El hombre echó una veloz ojeada a su pie,
donde dos gotitas de sangre engrosaban dificultosamente, y sacó el machete de
la cintura. La víbora vio la amenaza, y hundió más la cabeza en el centro mismo
de su espiral; pero el machete cayó de lomo, dislocándole las vértebras.
El hombre se bajó hasta la mordedura, quitó
las gotitas de sangre, y durante un instante contempló. Un dolor agudo nacía de
los dos puntitos violetas, y comenzaba a invadir todo el pie. Apresuradamente
se ligó el tobillo con su pañuelo y siguió por la picada hacia su rancho.
El dolor en el pie aumentaba, con sensación
de tirante abultamiento, y de pronto el hombre sintió dos o tres fulgurantes
puntadas que, como relámpagos, habían irradiado desde la herida hasta la mitad
de la pantorrilla. Movía la pierna con dificultad; una metálica sequedad de
garganta, seguida de sed quemante, le arrancó un nuevo juramento.
Llegó por fin al rancho y se echó de brazos
sobre la rueda de un trapiche. Los dos puntitos violeta desaparecían ahora en
la monstruosa hinchazón del pie entero. La piel parecía adelgazada y a punto de
ceder, de tensa. Quiso llamar a su mujer, y la voz se quebró en un ronco
arrastre de garganta reseca. La sed lo devoraba.
-¡Dorotea! -alcanzó a lanzar en un
estertor-. ¡Dame caña!
Su mujer corrió con un vaso lleno, que el
hombre sorbió en tres tragos. Pero no había sentido gusto alguno.
-¡Te pedí caña, no agua! -rugió de nuevo-.
¡Dame caña!
-¡Pero es caña, Paulino! -protestó la mujer,
espantada.
-¡No, me diste agua! ¡Quiero caña, te digo!
La mujer corrió otra vez, volviendo con la
damajuana. El hombre tragó uno tras otro dos vasos, pero no sintió nada en la
garganta.
-Bueno; esto se pone feo -murmuró entonces,
mirando su pie lívido y ya con lustre gangrenoso. Sobre la honda ligadura del
pañuelo, la carne desbordaba como una monstruosa morcilla.
Los dolores fulgurantes se sucedían en
continuos relampagueos y llegaban ahora a la ingle. La atroz sequedad de
garganta que el aliento parecía caldear más, aumentaba a la par. Cuando
pretendió incorporarse, un fulminante vómito lo mantuvo medio minuto con la
frente apoyada en la rueda de palo.
Pero el hombre no quería morir, y
descendiendo hasta la costa subió a su canoa. Sentose en la popa y comenzó a
palear hasta el centro del Paraná. Allí la corriente del río, que en las
inmediaciones del Iguazú corre seis millas, lo llevaría antes de cinco horas a
Tacurú-Pucú.
El hombre, con sombría energía, pudo
efectivamente llegar hasta el medio del río; pero allí sus manos dormidas
dejaron caer la pala en la canoa, y tras un nuevo vómito -de sangre esta vez-
dirigió una mirada al sol que ya trasponía el monte.
La pierna entera, hasta medio muslo, era ya
un bloque deforme y durísimo que reventaba la ropa. El hombre cortó la ligadura
y abrió el pantalón con su cuchillo: el bajo vientre desbordó hinchado, con
grandes manchas lívidas y terriblemente doloroso. El hombre pensó que no podría
jamás llegar él solo a Tacurú-Pucú, y se decidió a pedir ayuda a su compadre
Alves, aunque hacía mucho tiempo que estaban disgustados.
La corriente del río se precipitaba ahora
hacia la costa brasileña, y el hombre pudo fácilmente atracar. Se arrastró por
la picada en cuesta arriba, pero a los veinte metros, exhausto, quedó tendido
de pecho.
-¡Alves! -gritó con cuanta fuerza pudo; y
prestó oído en vano.
-¡Compadre Alves! ¡No me niegue este favor!
-clamó de nuevo, alzando la cabeza del suelo. En el silencio de la selva no se
oyó un solo rumor. El hombre tuvo aún valor para llegar hasta su canoa, y la
corriente, cogiéndola de nuevo, la llevó velozmente a la deriva.
El Paraná corre allí en el fondo de una
inmensa hoya, cuyas paredes, altas de cien metros, encajonan fúnebremente el
río. Desde las orillas bordeadas de negros bloques de basalto, asciende el
bosque, negro también. Adelante, a los costados, detrás, la eterna muralla
lúgubre, en cuyo fondo el río arremolinado se precipita en incesantes
borbollones de agua fangosa. El paisaje es agresivo, y reina en él un silencio
de muerte. Al atardecer, sin embargo, su belleza sombría y calma cobra una
majestad única.
El sol había caído ya cuando el hombre,
semitendido en el fondo de la canoa, tuvo un violento escalofrío. Y de pronto,
con asombro, enderezó pesadamente la cabeza: se sentía mejor. La pierna le
dolía apenas, la sed disminuía, y su pecho, libre ya, se abría en lenta
inspiración.
El veneno comenzaba a irse, no había duda.
Se hallaba casi bien, y aunque no tenía fuerzas para mover la mano, contaba con
la caída del rocío para reponerse del todo. Calculó que antes de tres horas
estaría en Tacurú-Pucú.
El bienestar avanzaba, y con él una
somnolencia llena de recuerdos. No sentía ya nada ni en la pierna ni en el
vientre. ¿Viviría aún su compadre Gaona en Tacurú-Pucú? Acaso viera también a
su ex patrón mister Dougald, y al recibidor del obraje.
¿Llegaría pronto? El cielo, al poniente, se
abría ahora en pantalla de oro, y el río se había coloreado también. Desde la
costa paraguaya, ya entenebrecida, el monte dejaba caer sobre el río su
frescura crepuscular, en penetrantes efluvios de azahar y miel silvestre. Una
pareja de guacamayos cruzó muy alto y en silencio hacia el Paraguay.
Allá abajo, sobre el río de oro, la canoa
derivaba velozmente, girando a ratos sobre sí misma ante el borbollón de un
remolino. El hombre que iba en ella se sentía cada vez mejor, y pensaba
entretanto en el tiempo justo que había pasado sin ver a su ex patrón Dougald.
¿Tres años? Tal vez no, no tanto. ¿Dos años y nueve meses? Acaso. ¿Ocho meses y
medio? Eso sí, seguramente.
De pronto sintió que estaba helado hasta el
pecho.
¿Qué sería? Y la respiración...
Al recibidor de maderas de mister Dougald,
Lorenzo Cubilla, lo había conocido en Puerto Esperanza un viernes santo...
¿Viernes? Sí, o jueves...
El hombre estiró lentamente los dedos de la
mano.
-Un jueves...
Y cesó de respirar.