La Nación /
Opinión/ Carta de lectores
28/05/20
La obra de Gauguin
Señor Director:
Horacio Vodovotz
DNI 4.400.219
Julián
Gallo
PARA
DOMINGO 18 DE SEPTIEMBRE DE 2016
Este año, el famoso sociólogo polaco Zygmunt Bauman dijo en una entrevista
al diario El País de España: "La
diferencia entre la comunidad y la red es que tú perteneces a la comunidad pero
la red te pertenece a ti. Puedes añadir amigos y puedes borrarlos, controlas a
la gente con la que te relacionas. (...) En las redes es tan fácil añadir amigos
o borrarlos que no necesitas habilidades sociales".
Si lo leés distraído, lo que Bauman dice puede sonar bien. Eso de "Tú
le perteneces a la comunidad pero la red te pertenece a ti" parece un
mantra. Pero es probable que esté equivocado. La red no nos pertenece
(pregúntenle a alguien que haya sido sancionado por Facebook si la red le
pertenece o él le pertenece a la red). Es cierto que tenemos algunas facultades
para sumar y eliminar relaciones, pero esa edición exige de una enorme
prudencia y habilidad social porque puede tener consecuencias auténticas sobre
la vida real. Rechazar o eliminar a una persona no es siempre, como supone
Bauman, un movimiento impune.
Hoy las redes sociales son el sistema operativo mundial de las relaciones
humanas. Un medio que nos da capacidades que se parecen al mismo tiempo al
espiritismo, la telepatía y al espionaje. Las redes nos conectan con seres
ausentes expandiendo la expresión de nuestra vida mental mucho más allá de
nuestro mundo físico. En ese intercambio se construye gran parte de nuestra
nueva identidad. Como sucede con la realidad aumentada, ahora somos el
resultado exacto del acoplamiento entre dos mundos, el presencial y el virtual.
Bauman sostiene que la edición de relaciones culmina creando guetos donde
todos piensan lo mismo y las posiciones se radicalizan. Sin embargo, parece que
las cosas suceden exactamente al revés. Ahora sabemos mucho más de los que
piensan distinto que antes.
Al contrario de lo que pasa en los contactos presenciales, que nos imponen
un tipo de intercambio cauteloso que busca alinearse con la opinión de la
mayoría por temor al aislamiento, en las redes -por la actitud incauta de
escribir o publicar fotos a solas y desde el teléfono- es muy común que seamos
transgresores y digamos lo que pensamos de verdad. Por eso nunca antes como
ahora tuvimos que lidiar con tantas personas que piensan distinto de nosotros.
Leemos gente que publica ideas que nos resultan demenciales, o apoya a personas
o a causas que consideramos inaceptables, o gusta de lo que despreciamos.
Raramente pasa algo así en una comunidad presencial llena de tácticas de fuga
elegantes. La radicalización en las redes no surge de estar rodeados por gente
que piensa lo mismo, sino de la provocación mental que significa enfrentarnos
con los que piensan muy distinto. Es eso lo que produce la red: diversidad
simplificada.
En un video de 1950 que circula en Facebook con más de cuatro millones de
vistas, Bertrand Russell deja un mensaje al futuro que resulta una premonición:
"En este mundo, que cada vez se vuelve más y más estrechamente
interconectado, tenemos que aprender a tolerarnos unos a los otros".
Russell tenía razón: a mayor interconexión se requiere más tolerancia porque
hay más enfrentamientos. Bauman está equivocado.
Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/las-redes-diversidad-simplificada-nid1938133
de Guillermo Martínez
Hay libros arduos cuya lectura se parece a un martirio. Conquistarlos, sin
embargo, depara la felicidad de las victorias secretas.
La
posición hedonista es, por supuesto, simpática, fácil de defender y muy
recomendable para mesas redondas porque uno puede citar de su parte a Borges:
"Soy un lector hedónico: jamás consentí que mi sentimiento del deber
interviniera en afición tan personal como la adquisición de libros, ni probé
fortuna dos veces con autor intratable, eludiendo un libro anterior con un
libro nuevo...".
Y bien, yo
me propongo aquí la defensa más ingrata de los libros difíciles y de la
dificultad en la lectura. No por un afán especial de contradicción, sino porque
me parece justo reconocer que también muchas veces en mi vida la lectura se
pareció al montañismo, a la lucha cuerpo a cuerpo y a las carreras de fondo,
todas actividades muy saludables y a su manera placenteras para quienes las
practican, pero que requieren, convengamos, algún esfuerzo y transpiración.
Aunque quizá sea otro deporte, el tenis, el que da una analogía más precisa con
lo que ocurre en la lectura. El tenis tiene la particular ambivalencia de que
es un juego extraordinario cuando los dos contrincantes son buenos jugadores,
pero se vuelve patéticamente aburrido si uno de ellos es un novato, y no
alcanza a devolver ninguna pelota. Las teorías de la lectura creen decir algo
cuando sostienen el lugar común tan extendido de que es el lector quien
completa la obra literaria. Pero un lector puede simplemente no estar preparado
para enfrentar a un determinado autor y deambulará entonces por la cancha
recibiendo pelotazo tras pelotazo, sin entender demasiado lo que pasa. La versión
que logre asimilar de lo leído será obviamente pálida, incompleta, incluso
equivocada. Si esto parece un poco elitista basta pensar que suele ocurrir
también exactamente a la inversa, cuando un lector demasiado imaginativo o un
académico entusiasta lanza sobre el texto, como tiros rasantes, conexiones,
interpretaciones e influencias en las que el pobre escritor nunca hubiera
pensado.
En todo
caso la literatura, como cualquier deporte, o como cualquier disciplina del
conocimiento, requiere entrenamiento, aprendizajes, iniciaciones,
concentración. La primera dificultad es que leer, para bien o para mal, es leer
mucho. Es razonable la desconfianza de los adolescentes cuando se los incita a
leer aunque sea un libro. Proceden con la prudencia instintiva de aquel niño de
Simone de Beauvoir que se resistía a aprender la "a" porque sabía que
después querrían enseñarle la "b", la "c" y toda la
literatura y la gramática francesa. Pero es así: los libros, aún en su
desorden, forman escaleras y niveles que no pueden saltearse de cualquier
manera. Y sobre todo, sólo en la comparación de libro con libro, en las
alianzas y oposiciones entre autor y autor, en la variación de géneros y
literaturas, en la práctica permanente de la apropiación y el rechazo, puede
uno darse un criterio propio de valoración, liberarse de cánones y autoridades
y encontrar la parte que hará propia y más querida de la literatura.
La segunda
dificultad de la lectura es, justamente, quebrar ese criterio; confrontarlo con
obras y autores que uno siente en principio más lejanos, exponerse a
literaturas antagónicas, impedir que las preferencias cristalicen en
prejuicios, mantener un espíritu curioso. Y son justamente los libros difíciles
los que extienden nuestra idea de lo que es valioso. Son esos libros que uno
está tentado a soltar y sin embargo presiente que si no llega al final se habrá
perdido algo importante. Son esos libros contra los que uno puede estrellarse
la primera vez y sin embargo misteriosamente vuelve. Son a veces carromatos pesados
y crujientes que se arrastran como tortugas. Son libros que uno lee con
protestas silenciosas, con incomprensiones, con extrañeza, con la tentación de
saltear páginas. No creo que sea exactamente un sentimiento del deber, como
ironiza Borges, lo que nos anima a enfrentarnos con ellos, e incluso a
terminarlos, sino el mismo mecanismo que lleva a un niño a pulsar
"enter" en su computadora para acceder al siguiente nivel de un juego
fascinante. Ellos no ocultan su orgullo cuando se vuelven diestros en juegos
complicados ni los montañistas se avergüenzan de su atracción por las cumbres
más altas.
Hay una
última dificultad en la lectura, como una enfermedad terminal y melancólica,
que señala Arlt en uno de sus aguafuertes: la sensación de haber leído demasiado,
la de abrir libro tras libro y repetirse al pasar las páginas: pero esto ya lo
sé, esto ya lo sé. Los libros difíciles tienen la piedad de mostrarnos cuánto
nos falta.
El árbitro
El árbitro es arbitrario por
definición. Este es el abominable tirano que ejerce su dictadura sin oposición
posible y el ampuloso verdugo que ejecuta su poder absoluto con gestos de
ópera. Silbato en boca, el árbitro sopla los vientos de la fatalidad del destino
y otorga o anula los goles. Tarjeta en mano, alza los colores de la
condenación: el amarillo, que castiga al pecador y lo obliga al
arrepentimiento, y el rojo, que lo arroja al exilio. Los jueces de línea, que
ayudan pero no mandan, miran de afuera. Solo el árbitro entra al campo de
juego; y con toda razón se persigna al entrar, no bien se asoma ante la
multitud que ruge.
Su trabajo consiste en hacerse
odiar. Única unanimidad del fútbol: todos lo odian. Lo silban siempre, jamás lo
aplauden. Nadie corre más que él. Él es el único que está obligado a correr
todo el tiempo. Todo el tiempo galopa, deslomándose como un caballo, este
intruso que jadea sin descanso entre los veintidós jugadores; y en recompensa
de tanto sacrificio, la multitud aúlla exigiendo su cabeza. Desde el principio
hasta el fin de cada partido, sudando a mares, el árbitro está obligado a
perseguir la blanca pelota que va y viene entre los pies ajenos. Es evidente
que le encantaría jugar con ella, pero jamás esa gracia le ha sido otorgada.
Cuando la pelota, por accidente, le golpea el cuerpo, todo el público recuerda
a su madre. Y sin embargo, con tal de estar ahí, en el sagrado espacio verde
donde la pelota rueda y vuela, él aguanta insultos, abucheos, pedradas y
maldiciones.
A veces, raras veces, alguna
decisión del árbitro coincide con la voluntad del hincha, pero ni así consigue
probar su inocencia. Los derrotados pierden por él y los victoriosos ganan a
pesar de él. Coartada de todos los errores, explicación de todas las desgracias.
Los hinchas tendrían que inventarlo si él no existiera. Cuanto más lo odian,
más lo necesitan.
Durante más de un siglo, el árbitro
vistió de luto. ¿Por quién? Por él. Ahora disimula con colores.
Eduardo Galeano
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