viernes, 30 de abril de 2021

Material para clase 8

 

La Nación / Opinión/ Carta de lectores

 28/05/20

La obra de Gauguin

Señor Director:

 En el artículo "¿Perverso o genio?", del 24 del actual, se cita la pregunta que se hace una cronista de The New York Times : "¿Es tiempo de cancelar a Gauguin?". Esta cancelación se haría en virtud de que Gauguin se casó con dos jóvenes en Tahití. No me consta que las haya destratado. No hay pormenores de esto. Tampoco hay falta de respeto en las maravillosas imágenes femeninas de Gauguin. La trasnochada feminista que pretende "cancelar" a un genio se olvidó de citar que Gauguin abandonó a su esposa y cinco hijos cuando era un exitoso agente de bolsa, para dedicarse a la pintura. Es claro que esto me parece inaceptable. También me parece injusto que la sociedad condenara al pintor a la indiferencia, el desprecio, la miseria y lo dejara morir solo y enfermo. Así murió Gauguin, solitario en una miserable choza hecha con ramas. Al frente de su vivienda había un cartel que rezaba "Casa del Placer". A despecho de la poco feliz sugerencia canceladora, la obra de Gauguin nos sigue deparando un enorme placer estético. Nos legó cantidad de maravillosas obras, que marcaron un camino en la historia del arte. En 2018, se exhibieron en la calle carteles con desnudos de Egon Schiele. La pacatería hizo que se tapara el sexo de las figuras. Parece que no se evolucionó mucho desde que el papa Pío V encomendó tapar el sexo de los desnudos de la Capilla Sixtina, obra de... ¡Miguel Ángel!

 "Si nadie se opone a esto, los fascistas de la cultura van a terminar prohibiendo todas las obras de arte de la cultura occidental" (Steve Cuozzo, The New York Times ).

 Pobre Gauguin.

Horacio Vodovotz

DNI 4.400.219

 


 Las redes: diversidad simplificada

 

Julián Gallo

PARA LA NACION

DOMINGO 18 DE SEPTIEMBRE DE 2016

 

Este año, el famoso sociólogo polaco Zygmunt Bauman dijo en una entrevista al diario El País de España: "La diferencia entre la comunidad y la red es que tú perteneces a la comunidad pero la red te pertenece a ti. Puedes añadir amigos y puedes borrarlos, controlas a la gente con la que te relacionas. (...) En las redes es tan fácil añadir amigos o borrarlos que no necesitas habilidades sociales".

Si lo leés distraído, lo que Bauman dice puede sonar bien. Eso de "Tú le perteneces a la comunidad pero la red te pertenece a ti" parece un mantra. Pero es probable que esté equivocado. La red no nos pertenece (pregúntenle a alguien que haya sido sancionado por Facebook si la red le pertenece o él le pertenece a la red). Es cierto que tenemos algunas facultades para sumar y eliminar relaciones, pero esa edición exige de una enorme prudencia y habilidad social porque puede tener consecuencias auténticas sobre la vida real. Rechazar o eliminar a una persona no es siempre, como supone Bauman, un movimiento impune.

Hoy las redes sociales son el sistema operativo mundial de las relaciones humanas. Un medio que nos da capacidades que se parecen al mismo tiempo al espiritismo, la telepatía y al espionaje. Las redes nos conectan con seres ausentes expandiendo la expresión de nuestra vida mental mucho más allá de nuestro mundo físico. En ese intercambio se construye gran parte de nuestra nueva identidad. Como sucede con la realidad aumentada, ahora somos el resultado exacto del acoplamiento entre dos mundos, el presencial y el virtual.

Bauman sostiene que la edición de relaciones culmina creando guetos donde todos piensan lo mismo y las posiciones se radicalizan. Sin embargo, parece que las cosas suceden exactamente al revés. Ahora sabemos mucho más de los que piensan distinto que antes.

Al contrario de lo que pasa en los contactos presenciales, que nos imponen un tipo de intercambio cauteloso que busca alinearse con la opinión de la mayoría por temor al aislamiento, en las redes -por la actitud incauta de escribir o publicar fotos a solas y desde el teléfono- es muy común que seamos transgresores y digamos lo que pensamos de verdad. Por eso nunca antes como ahora tuvimos que lidiar con tantas personas que piensan distinto de nosotros. Leemos gente que publica ideas que nos resultan demenciales, o apoya a personas o a causas que consideramos inaceptables, o gusta de lo que despreciamos. Raramente pasa algo así en una comunidad presencial llena de tácticas de fuga elegantes. La radicalización en las redes no surge de estar rodeados por gente que piensa lo mismo, sino de la provocación mental que significa enfrentarnos con los que piensan muy distinto. Es eso lo que produce la red: diversidad simplificada.

En un video de 1950 que circula en Facebook con más de cuatro millones de vistas, Bertrand Russell deja un mensaje al futuro que resulta una premonición: "En este mundo, que cada vez se vuelve más y más estrechamente interconectado, tenemos que aprender a tolerarnos unos a los otros". Russell tenía razón: a mayor interconexión se requiere más tolerancia porque hay más enfrentamientos. Bauman está equivocado.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/las-redes-diversidad-simplificada-nid1938133

 

 

 Elogio de la dificultad

de Guillermo Martínez

 

Hay libros arduos cuya lectura se parece a un martirio. Conquistarlos, sin embargo, depara la felicidad de las victorias secretas.

     Cada vez que se habla de lectura, maestros, escritores y editores se apresuran a levantar las banderas del hedonismo, como si debieran defenderse de una acusación de solemnidad, y tratan de convencer a generaciones de adolescentes desconfiados y adultos entregados a la televisión de que leer es puro placer. Interrogados en suplementos y entrevistas hablan como si ningún libro, y mucho menos los clásicos, desde Don Quijote a Moby Dick, desde Macbeth a Facundo, les hubiera opuesto nunca resistencia y como si fuera no sólo sencillo llegar a la mayor intimidad con ellos, sino además, un goce perpetuo al que vuelven todas las noches.

   La posición hedonista es, por supuesto, simpática, fácil de defender y muy recomendable para mesas redondas porque uno puede citar de su parte a Borges: "Soy un lector hedónico: jamás consentí que mi sentimiento del deber interviniera en afición tan personal como la adquisición de libros, ni probé fortuna dos veces con autor intratable, eludiendo un libro anterior con un libro nuevo...".

   Y bien, yo me propongo aquí la defensa más ingrata de los libros difíciles y de la dificultad en la lectura. No por un afán especial de contradicción, sino porque me parece justo reconocer que también muchas veces en mi vida la lectura se pareció al montañismo, a la lucha cuerpo a cuerpo y a las carreras de fondo, todas actividades muy saludables y a su manera placenteras para quienes las practican, pero que requieren, convengamos, algún esfuerzo y transpiración. Aunque quizá sea otro deporte, el tenis, el que da una analogía más precisa con lo que ocurre en la lectura. El tenis tiene la particular ambivalencia de que es un juego extraordinario cuando los dos contrincantes son buenos jugadores, pero se vuelve patéticamente aburrido si uno de ellos es un novato, y no alcanza a devolver ninguna pelota. Las teorías de la lectura creen decir algo cuando sostienen el lugar común tan extendido de que es el lector quien completa la obra literaria. Pero un lector puede simplemente no estar preparado para enfrentar a un determinado autor y deambulará entonces por la cancha recibiendo pelotazo tras pelotazo, sin entender demasiado lo que pasa. La versión que logre asimilar de lo leído será obviamente pálida, incompleta, incluso equivocada. Si esto parece un poco elitista basta pensar que suele ocurrir también exactamente a la inversa, cuando un lector demasiado imaginativo o un académico entusiasta lanza sobre el texto, como tiros rasantes, conexiones, interpretaciones e influencias en las que el pobre escritor nunca hubiera pensado.

   En todo caso la literatura, como cualquier deporte, o como cualquier disciplina del conocimiento, requiere entrenamiento, aprendizajes, iniciaciones, concentración. La primera dificultad es que leer, para bien o para mal, es leer mucho. Es razonable la desconfianza de los adolescentes cuando se los incita a leer aunque sea un libro. Proceden con la prudencia instintiva de aquel niño de Simone de Beauvoir que se resistía a aprender la "a" porque sabía que después querrían enseñarle la "b", la "c" y toda la literatura y la gramática francesa. Pero es así: los libros, aún en su desorden, forman escaleras y niveles que no pueden saltearse de cualquier manera. Y sobre todo, sólo en la comparación de libro con libro, en las alianzas y oposiciones entre autor y autor, en la variación de géneros y literaturas, en la práctica permanente de la apropiación y el rechazo, puede uno darse un criterio propio de valoración, liberarse de cánones y autoridades y encontrar la parte que hará propia y más querida de la literatura.

   La segunda dificultad de la lectura es, justamente, quebrar ese criterio; confrontarlo con obras y autores que uno siente en principio más lejanos, exponerse a literaturas antagónicas, impedir que las preferencias cristalicen en prejuicios, mantener un espíritu curioso. Y son justamente los libros difíciles los que extienden nuestra idea de lo que es valioso. Son esos libros que uno está tentado a soltar y sin embargo presiente que si no llega al final se habrá perdido algo importante. Son esos libros contra los que uno puede estrellarse la primera vez y sin embargo misteriosamente vuelve. Son a veces carromatos pesados y crujientes que se arrastran como tortugas. Son libros que uno lee con protestas silenciosas, con incomprensiones, con extrañeza, con la tentación de saltear páginas. No creo que sea exactamente un sentimiento del deber, como ironiza Borges, lo que nos anima a enfrentarnos con ellos, e incluso a terminarlos, sino el mismo mecanismo que lleva a un niño a pulsar "enter" en su computadora para acceder al siguiente nivel de un juego fascinante. Ellos no ocultan su orgullo cuando se vuelven diestros en juegos complicados ni los montañistas se avergüenzan de su atracción por las cumbres más altas.

   Hay una última dificultad en la lectura, como una enfermedad terminal y melancólica, que señala Arlt en uno de sus aguafuertes: la sensación de haber leído demasiado, la de abrir libro tras libro y repetirse al pasar las páginas: pero esto ya lo sé, esto ya lo sé. Los libros difíciles tienen la piedad de mostrarnos cuánto nos falta.

 (Publicado en Clarín, el 22/4/2001)

 

El árbitro

            El árbitro es arbitrario por definición. Este es el abominable tirano que ejerce su dictadura sin oposición posible y el ampuloso verdugo que ejecuta su poder absoluto con gestos de ópera. Silbato en boca, el árbitro sopla los vientos de la fatalidad del destino y otorga o anula los goles. Tarjeta en mano, alza los colores de la condenación: el amarillo, que castiga al pecador y lo obliga al arrepentimiento, y el rojo, que lo arroja al exilio. Los jueces de línea, que ayudan pero no mandan, miran de afuera. Solo el árbitro entra al campo de juego; y con toda razón se persigna al entrar, no bien se asoma ante la multitud que ruge.

            Su trabajo consiste en hacerse odiar. Única unanimidad del fútbol: todos lo odian. Lo silban siempre, jamás lo aplauden. Nadie corre más que él. Él es el único que está obligado a correr todo el tiempo. Todo el tiempo galopa, deslomándose como un caballo, este intruso que jadea sin descanso entre los veintidós jugadores; y en recompensa de tanto sacrificio, la multitud aúlla exigiendo su cabeza. Desde el principio hasta el fin de cada partido, sudando a mares, el árbitro está obligado a perseguir la blanca pelota que va y viene entre los pies ajenos. Es evidente que le encantaría jugar con ella, pero jamás esa gracia le ha sido otorgada. Cuando la pelota, por accidente, le golpea el cuerpo, todo el público recuerda a su madre. Y sin embargo, con tal de estar ahí, en el sagrado espacio verde donde la pelota rueda y vuela, él aguanta insultos, abucheos, pedradas y maldiciones.

            A veces, raras veces, alguna decisión del árbitro coincide con la voluntad del hincha, pero ni así consigue probar su inocencia. Los derrotados pierden por él y los victoriosos ganan a pesar de él. Coartada de todos los errores, explicación de todas las desgracias. Los hinchas tendrían que inventarlo si él no existiera. Cuanto más lo odian, más lo necesitan.

            Durante más de un siglo, el árbitro vistió de luto. ¿Por quién? Por él. Ahora disimula con colores.

Eduardo Galeano

 

 

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